Archive for January, 2006

.Recreatio.

navegante "Nebulosa de Orión", M42 o NGC 1976 en todo su esplendor, una de las imágenes digitales de mayor resolución conseguida: 18.000 x 18.000 pixeles, maravilloso, esto sí es una buena fotografía.

"Los 10 experimentos científicos más bonitos", AstroSeti acaba de adaptar una traducción de Science’s 10 Most Beautiful Experiments . Yo bajaría unos puestos los experimentos colocados en 1º y 3º lugar. Enlace vía "Microsiervos".

"Tres estrellas polares", la estrella polar, en realidad, se compone de tres diferentes astros.

"Are you living in a computer simulation?", merece la pena leerse; ¿por qué no puede ser cierto?.

"Cartoon skeletal systems", las curiosas adaptaciones en la forma que los dibujantes hacen en sus creaciones infantiles para agradar la mente de los niños. Sin embargo la cosa cambia cuando vemos cómo son los esqueletos de Lucy, Pikachu o Dexter, brrrrrrrrr.

"Galumpia Adult", cuatro advertencias:

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DO NOT ENTER IF YOU ARE EASILY OFFENDED

DO NOT ENTER IF YOU DO NOT UNDERSTAND SATIRE

DO NOT ENTER IF YOU ARE STUPID / WORK FOR FREESERVE.

"Worth 1000 (misc)", algunos son auténticos genios utilizando el Photoshop…

.La noche más hermosa.

        Las indómitas canas se empeñan en recordarme todas las mañanas, a mi pesar, que ya debo celebrar los otoños y no los veranos; son increíbles criaturas que te miran directamente a los ojos a través del sincero espejo del cuarto de baño desafiándote a teñirlas o mejor cortarlas, sabedoras de su recurrente y tenaz crecimiento. Pero a pesar del recordatorio continuo de mi edad pienso que, después de atravesar unas cuantas tierras y mares, la noche de los Reyes Magos es la más hermosa noche de todas. A lo largo y ancho de nuestras vidas hay muchas nocturnidades olvidables, pero recordables por su carácter especial unas pocas: la primera vez que dormimos fuera de casa en una tienda de campaña, la luna de miel (casados o no), el primer vivac debajo de las estrellas, la primera juerga nocturna acabada no se sabe en qué cama, el primer amor nocturno… Y la primera noche de Reyes convencidos de su existencia, con los ojos abiertos sólo atrapados por las pestañas, nervioso como un junco en un vendaval, esperando escuchar el ruido delator del roce de la capa de uno de los tres Reyes Magos o el tropezón del camello despistado con la silla (sin importarme cómo pueden pasar tres camellos por el ojo de la ventana de mi salón). Desde luego, creo, lo descrito no parece un rasgo distintivo de madurez (¡¿?!) pero sí de ilusión y, si cabe, de un deseado y recuperado espíritu infantil. La experiencia adquirida con el paso del tiempo forma un gran bizcocho lleno de frutas y pasas, representantes genuinos de los retazos vitales, sin orden temporal alguno, pero con la necesaria importancia individual.

        No deseo expulsar de mi vida esos maravillosos momentos de nuestra lejana infancia como integrantes propios de una personalidad que, desgraciadamente, intentamos ocultar muchas veces a los demás. Después de años y años aparentando la edad que uno cree tener se desea, aunque sólo una vez al año, desinhibirse y jugar como aquellos locos bajitos que una vez fuimos. Hoy, parte de la ilusión perdida por la edad la recupero cuando veo los saltos de alegría sin zapatillas, las luminosas caras de asombro llenas de legañas o las nerviosas manos de mis hijos rasgando las preciosas pieles de los regalos, rompiendo las coloristas cajas de ilusión concentrada y sacando de ellas el espíritu sólido del juego; cambiaría todos los regalos recibidos por grabar en mi memoria esos momentos y poder vivirlos día tras día.

        Y aquellos compañeros perdidos en la basura del tiempo, aquellos regalos de tus padres, de tus abuelos, de tu familia, los nombraba hermanos de juegos hasta romper sus almas y destripar sus entrañas sólo por el hecho de no poder comprender cómo tan maravillosos compañeros no podían tener un alma igual que la mía. Luego comprendí que el más preciado juguete que aquellos sacrificados Reyes Magos intentaban ofrecerme cada final de Navidad no era otro que mi propio hermano, mi juguete preferido, al cual no podía destripar (no por no desearlo a veces) sino porque era eso mismo: mi hermano. Pasados los años y casi borrada la ilusión por los regalos recibidos, pude recuperarla con mis hijos, pensando en lo maravilloso que resulta ver como comparten, juegan, se pelean, construyen y destruyen, se besan… como hermanos que son. Al final de mi imaginaria carta a los Reyes Magos de Oriente (a los tres, cuatro o los que vengan), todos los años siempre pido, si me he portado bien, que mis hijos nunca dejen de ser hermanos.

        Y cuando la noche más hermosa toca a su fin, cuando la oscuridad se diluye en la lechosa luz del amanecer, cuando "no se sabe quién" se ha comido los dulces y bebido el coñac, cuando los pensamientos se arremolinan en la cabeza sin orden ni concierto, cuando los preciosos paquetes hayan escogido su sitio en el salón, cuando el único ruido sea nuestra respiración, pensaré llegar raudo al salón de mi casa esperando encontrar el mejor de todos los regalos: mi familia.