Archive for October, 2005
.Recreatio.
"Office Guns", cómo desarrollar un poderoso tirachinas con material de oficina, divertido.
"Leo Burnett", magnífica web desarrollada por una de las mejores agencias de publicidad del mundo, creatividad en estado puro, imaginación al poder.
"World-Wide Web Home", la antigua página del WWW, aquí se sentaron las bases para el actual Internet.
"Snow crystals", todo sobre los cristales de hielo, física de su formación, características, diseños, clasificación, cómo fabricar cristales en casa… recomendable e instructiva.
"Urban Legends Reference Pages", web de referencia para saber cuanto engaño existe en los correos que recibimos.
.El ombligo ajeno.
El otro día no tuve más remedio que comprar latas y briks en uno de tantos hipermercados que orbitan alrededor de las grandes ciudades. Yo soy un entusiasta de los mercados tradicionales, llenos de aromas, voces, colores, variedad, gritos, empujones, texturas, sonrisas, vida al fin y al cabo; dónde debes pedir el turno (la vez) entablando una conversación con la señora o señor precedente, dónde el comerciante saluda y dialoga y, si eres habitual, pregunta por tus semejantes, confías en él, solucionas los problemas del mundo y te llevas a casa buenas viandas.
En los hipermercados he intentado oler (imposible con tanto plástico), pedir la vez a un turnomatic (no me contestó), preguntar por la familia a la berenjena de turno (ni caso), pedir consejo a un boquerón (no se movió)… decepcionado y triste sólo pude atrapar las obedientes latas de atún, tomate frito y maíz dulce y los sufridos (por abollados) briks de leche desnatada. El resto de viandas no enlatadas yacían tristes en enormes cajas soportadas por horribles palés: amontonadas manzanas, asustadas zanahorias o arrugados tomates. Y digo esto porque fresco, lo que se dice fresco, no pude encontrar nada. La carne y el pescado están muertos, como siempre que los compramos, pero allí parecían haber sufrido más de lo normal. Debo ser un bicho raro.
Decidí recorrer el resto de las estanterías desarrollando una maniobra envolvente de aproximación, esto es, zigzaguear por los pasillos intentando dominar la tendenciosa tendencia de los carritos a girar hacia dónde les plazca a los directivos de la empresa alimentaria. Cómo ya conocía de visitas anteriores la inmensa variedad de productos repetidos que nuestra sociedad del bienestar nos ofrece, decidí fijarme en las personas dispersas por los pasillos. Poco tardé en despertar del letargo inducido por la monótona música. No fue susto, pero si sobresalto, escuchar con calidad de CD la palabra "MÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁmaaaa". Penosa deformación de una bella palabra; ¿cómo puede ser que sólo cambiando el acento se pueda cometer tanto daño?. Giré la cabeza esperando un nuevo embate lingüístico… y así fue: "MÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁmaaaa". Este fue peor aún, más sílabas acentuadas y 20 decibelios más alto. Todo ello salía de la pequeña y mal desarrollada boca de un chaval de unos 11 ó 12 años y 60 ó 70 kilos de peso (lo juro). El niño arrastraba una cohorte familiar exclusivamente compuesta por mujeres (madre, 2 tías, 2 amigas y su hermana, creo) dispuestas a satisfacer los placeres culinarios del orondo chaval. Para colmo, el carrito que empujaban sin ninguna elegancia contenía productos que prefiero no describir por respeto al buen gusto. Pero aquí no termina todo, veo a lo lejos un hombre joven corriendo con un bebé de pocos meses cogido en uno de sus brazos; en el otro llevaba la caja de un lector DVD. La caja del aparato apenas se movía pero temía que la cabeza del bebé pudiera desprenderse en cualquier momento, y todo porque buscaba una caja libre como un desesperado. Afortunadamente el bebé debía tener experiencia.
Aún resonando en mi cabeza los terribles sonidos escupidos por el chaval y su cohorte y el escalofriante balanceo del bebé, intento llegar a una caja vacía de personas. Sin tener tiempo para reaccionar, dos señoras mayorcitas, de peluquería reciente y perfume hiriente, atraviesan en diagonal mi ruta hacia dicha caja y se cuelan sin previo aviso. Uno, bien educado, se calla por fuera… pero por dentro repasé la parte salvaje y barriobajera que todos tenemos. Observando la parsimonia con que las señoras de domingo atrasado sacaban de su carro unas compresas (¿¿??), las pastas de té baratas y un "Palo Cortado" de 15º, intenté distraerme buscando más fauna y flora. No resultó difícil.
Dos cajas a mi derecha, cuatro macarrillas se aprovisionaban de cerveza, pizzas congeladas y música bacaladera; sé que uno de ellos era chica por el pecho; aunque no puedo asegurar si provenía de ellos, lo cierto es que un desagradable olor a "nomeheduchadoencuatrodias" vino de esa dirección. Y las señoras de domingo, por fin, pagando su compra: eso sí raspando de sus monederos toda la calderilla posible… tranquilidad ante todo. Contento porque ya me tocaba pasar mi compra (y podría ver pronto a mi familia), sentí un golpe en el talón de mi pié izquierdo. Giré mi cabeza y me encontré con un niño de unos puñeteros ocho añitos jugando a chocar. Le miré fijamente intentando disuadirle de otro embate o, mejor, avisando gestualmente a sus padres de la gamberrada del nene… nada, ni caso, los padres de chalet adosado con dos hijos de su madre iban a los suyo. Por tres veces el niño me golpeó en el mismo sitio y fue entonces cuando el padre, ejerciendo su autoridad, pronunció las palabras: "tatequieto Charly". Lo juro.
Conseguir atravesar la caja después de pagar mi compra sin más sobresaltos, deseando abrazar a mis hijos y acurrucarme en el regazo de mi chica. Mi vista siguió recorriendo la línea de cajas observando, por última vez, al resto de "esa" humanidad. Prefiero no seguir describiendo aquello criticable pero me di cuenta que, de todos los grupos-familias-amigos dispersos por el hipermercado, los únicos que NO habían amargado mi esperanza en el género humano eran de "importación", esto es una tranquila familia de ecuatorianos con dos hijos, una señora musulmana con su hija y con su pañuelo en la cabeza y tres obreros marroquíes hablando en voz baja.
No sé, no sé, nos tendríamos que mirar cuan sucio tenemos nuestro ombligo.