Archive for the ‘Senses’ Category

.La realidad imaginada III.

luces

          No sabía el significado real de aquél gesto, aunque mi lado más salvaje (muy poco utilizado) me hacía presuponer cierto grado de esperanza. Sin embargo debía irme de la vacía sala de prensa y dejar volar mi imaginación para mejor ocasión. Camino del ropero, esperando encontrar con seguridad mi económico abrigo, me volví a cruzar con el camarero; terminaba su jornada de duro trabajo y aguante de estupideces y enfundado en una gabardina algo raída pero muy honorable se despidió de mí con exquisita educación:

…adiós señor, que tenga una buena vida…

 

          Es curioso, siempre te desean lo mejor a corto plazo, es extraño pero agradable que alguien te lo desee para toda la vida.

          Apresuré mis pasos para poder respirar algo de aire puro e intentar deshacerme del apestoso olor a tabaco. Aguanto, y me gusta, el olor a tabaco de pipa, pero esa mezcla entre los puros habanos (aún redondeados entre muslos de mulatas) y el tabaco barato intencionadamente envenenado, me resultaba nauseabunda, quizá menos que los labios que los portaban.

          Acercándome a la complicada puerta giratoria del hotel ya presagiaba un cambio, aunque solo fuera atmosférico. Sentí caer sobre mi cabeza las primeras gotas de lluvia del otoño. De nuevo me alegraba ver llorar al verano en su repetida despedida anual. Y es que voy contra corriente, no es por fastidiar sino por agradar a mis impulsos. Muchos animales hibernan físicamente, respetando sus instintos y su naturaleza. Muchos seres racionales están toda su vida hibernando su mente y su espíritu en un afán por preservar una materia gris que no saben muy bien cómo usar. Yo, por el contrario, me agrada ir contra la mayoría, intento sacar provecho de todo lo bueno y todo lo malo… y así me va.

          Las gotas de lluvia se empeñaban en jugar reflejando la luz multicolor de los luminosos neones de comercios ya cerrados y la luz cálida y celestial de farolas poco atrevidas. Apenas caminaban personas por las calles, era un placer discurrir por ellas tal y como lo hace un gran río llegando ya a su océano. Pero el tiempo no perdona nunca y llegaba tarde a la sesión filosófica que, seguro, Mike me preparaba; por ello decidí esperar la llegada del autobús más por cansancio que por ganas de utilizarlo. Creo que los trasportes públicos favorecen las relaciones y tocamientos sociales pero despersonalizan y atontan; me siento parte de un gran pastel de bizcocho, como una de sus pasas, sin diferencia, sin gracia alguna. Claro que siempre hay pasas bañadas en coñac…

          Ya se divisaban los dos enormes faros iluminando la tenue lluvia y casi se podían contar las gotas a su trasluz, parecían ralentizadas en el espacio. La puerta se abrió con poca educación y me topé con un conductor grasiento de aspecto y maneras. Contaba una leyenda urbana que una vez un conductor de autobús sufrió un atraco perpetrado por adolescentes; éstos no consiguieron robarle nada, ni siquiera la autoestima porque, según declararon a la policía, el conductor hablaba un extraño idioma y claro así no se puede atracar a nadie. La primera regla de un atraco es que te entiendan.

          Le saludé con educación pero visible distanciamiento y él me espetó un sonido que sólo recordaba haber oído en el parque zoológico de la ciudad:

…grñññ…

 

          Traduje la expresión por un “hola”, a secas. No tenía monedas sueltas y tuve que entregarle mi último billete antes del cobro que mi editorial me había prometido como adelanto:

…grñññ…grññsss…

 

          Esta vez me lo puso más difícil pero deduje, por la sonrisa que esbozó, que yo iba a recibir un castigo. Y así fue.

          Su rechoncha cara dibujó una complaciente sonrisa por la venganza a la que me iba a someter. No tuvo reparos en casi fabricar moneda de curso legal para ver como incrementaba el peso de mis bolsillos mientras aparecía un letrero luminoso en su frente que decía: “aquí mando yo”. Y yo, resignado, junté las manos en señal de sumisión para recoger ese inmenso caudal de monedas que el muy puñetero había logrado reunir para entregarme como cambio junto al billete.

          Me siento al lado de una señora mayor enjoyada hasta las arrugas que exhibe unos aires de condesa nada propios en un transporte público. Me lanza una mirada escudándose en su hombro y me perdona haberme sentado a su lado. No le hago mucho caso, me entretengo viendo transcurrir por los cristales, como en una película, el paisaje urbano de coches, personas, árboles, edificios, basura…

          Había quedado con Mike en “The edge”, un club nocturno situado en un semisótano que hace honor a su nombre porque está justo entre el barrio siempre pobre y olvidado de los negros y el barrio siempre luminoso y esperanzador de los blancos. Un oscuro refugio, como debe ser, dónde el humo no te molesta porque tiene el swing de los negros que noche tras noche deleitan con su jazz veladas más tranquilizadoras para el espíritu que provechosas para la carne. Pocas personas lo saben, este garito hizo la competencia durante unos años al mismísimo “Cotton Club” gracias, en parte, a Bessie una chica negra algo entrada en carnes, con una preciosa cara y una voz que resplandecía como un faro entre la niebla del local. Siempre callábamos ante aquél espectáculo. Y así fue hasta que la sublime Billie Holiday comenzó su carrera en el famoso club de Harlem.

          Nada más abrir la puerta me encuentro con la dulce sonrisa de Lena, una camarera pelirroja a la que nunca he visto triste, es puro optimismo. Incluso el día del funeral de su madre lucía una moderada sonrisa; yo la pregunté cómo podía permanecer tan entera frente a la pérdida de su más querido ser y ella, sin dejar de sonreír, me dijo

…no te preocupes, me acuerdo sólo de los momentos felices que pasé con ella… eso es lo que cuenta…

 

          Apoyaba sobre su escueta cadera la bandeja dónde, todas las noches, repartía a ritmo de soul el tabaco, las cerillas, el chocolate, algún caro perfume y otros vicios nocturnos. Era tan espléndida en la atención que nunca se habían propasado con ella, ni siquiera con esas estúpidas palmaditas en el culo tan proclives a regalar determinados prohombres.

          Siempre me sentaba con mi amigo Mike en la misma mesa, pequeña y redonda e iluminada tenuemente por una vela que, creo, lleva sin cambiarse unos cuantos años. Mike había venido con Sugar, su chica, una mujer no bella pero con encanto, algo muchas veces más deseable.

 

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.La realidad imaginada II.

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…Y entonces llegó mi turno.

Alcé la mano esperando que sólo ella se diese cuenta del gesto y el resto permaneciera ausente. Pero no fue así, los semblantes de la concurrida audiencia comenzaban a transformarse con muecas de desprecio, extrañeza o indiferencia al darse cuenta que yo no era uno de los suyos. Esa actitud no me preocupaba en absoluto, mi principal ocupación era saber, en los escasos tres segundos que ella tardó en girar su cabeza y clavarme sus ojos, qué pregunta le iba a hacer. No tenía nada preparado, soy un escritor no un periodista, la diferencia estriba en que uno crea historias y el otro las pervierte.

Mi turno, mi única pregunta, mi única oportunidad de entablar una, posiblemente, efímera relación con aquella mujer. Dejé la responsabilidad de tal cometido a mi subconsciente. Todos lo hacemos aunque nos cueste reconocerlo: cuando tomamos decisiones, cuando opinamos sobre un tema, cuando, incluso, amamos. El uso del razonamiento pausado está hoy en día en completo desuso. Era un gran riesgo, lo sé, como permanecer impasible frente a aquélla mujer y no cometer una locura. Pero estaba claro que mi querido subconsciente era más sensato que mi consciente y tardó el tiempo suficiente en darme una solución para que una periodista desaliñada por dejadez y de voz chillona por educación adelantase una estúpida pregunta.

Ella, por puro reflejo, se giró para enfrentarse sin dejar de sonreír al esperpento de periodista pero, al instante y sin mover de nuevo su cabeza, de reojo, puso sus pupilas frente a las mías suplicando ayuda frente a la basta acometida lingüística de aquella aprendiz de periodista.

Entonces comenzó una sutil lucha interna entre mi educación y mi deseo, siempre en disputa. Uno me pedía respetar una intervención y el otro reclamaba unos deseos irrefrenables de lanzarme al cuello de aquélla gárgola y acallar su desagradable voz atiplada. Y cuando lo más humano iba a acometer, sentí una leve palmada sobre mi hombro derecho. El amable y educado camarero del "ristretto" requería mi atención:

"Señor, tiene una llamada urgente, puede atenderla en la cabina que hay enfrente del ropero. Espero no sean malas noticias…"

Sabía que la rueda de prensa estaba en sus momentos finales; el tiempo, como siempre, corría en mi contra. La cabina telefónica estaba forrada de un agradable terciopelo burdeos que, seguro, amortiguaba cualquier grito de marido despechado. Atrapé, más que agarrar, el auricular con el seguro nerviosismo que siempre acompaña a la palabra "urgente".

Debo hacer un paréntesis para hacer justicia y borrar mi opinión de "insulso" referida al hotel "Caesar". Hasta ahora el trato recibido por el personal había sido exquisito y si bien la decoración me resultaba cuidadosamente recargada, todo estaba tan pulcro como una caja fuerte visitada por Paulie Gatto (un "soldati" de la familia Corleone) el día del pago de las nóminas. Incluso el micrófono del teléfono olía a mimosas… parecía que había visitado el sugerente cuello de Mae West antes de comenzar una fiesta.

El nerviosismo dio paso a un aumentado enfado al escuchar a Mike al otro lado del aparato; era mi mejor amigo… pero todo tiene un límite:

¡Jack, amigo!, ¿cómo te ha ido?, ¿te ha dado ya su teléfono?, ¿has podido acercarte a ella, oler su perfume, acariciar su pelo?.
¡Vaya mujer!, ¡qué suerte has tenido!, ¡no sabes cómo te envidio!…

Después de contestarle con una templanza y mesura que nunca he vuelto a conseguir, Mike intentó arreglar la situación con uno de sus "paños fríos filosóficos" que sólo tenían sentido con un vaso de bourbon, sin hielo por supuesto:

…no te preocupes, tienes todo el tiempo del mundo para intentarlo de nuevo…

 

El problema estriba en que yo considero el tiempo como un inmenso manto de resina que deforma poco a poco nuestros cuerpos y las mentes de algunos. Nacemos y nos colocan pañales, la vida entera está a nuestra disposición. Nos vamos a morir y nos colocan pañales de nuevo, vemos pasar la vida delante nuestro. El tiempo intermedio es el que cuenta, no es escaso, no se detiene y hay que aprovechar todas las oportunidades porque uno no sabe si volverán a brotar.

Después de colgar el teléfono, me apresuré hacia la sala con la misma esperanza de encontrarla de nuevo como la esperanza que tuvo Edward Smith, Capitán del Titanic, de llegar a buen puerto aquélla fatídica noche del 14 de abril.

Las dos tribus se encontraban de pié, juntos y revueltos, en una masa humana donde no se distinguía el humo del tabaco barato de los periodistas del sudor perfumado de los señoritos. Empecé a sentirme agobiado por la densa e irrespirable atmósfera típica del final de una rueda de prensa. Esa misma sensación debió sentir Rick Fulci, alias "cute-face" cuando atravesó por vez primera la puerta de la cárcel de Bridewell, puerta que, para escarnio de los pobres presos, el alcaide Bartlett había mandado construir a partir de una fotografía del pórtico de una coqueta iglesia románica de España. Allí el pobre Rick se encontró con olores nada familiares pero a los que tendría que enfrentarse durante su condena de 16 años y 1 día.

Pude presentir su presencia en la sala, instinto, feromonas… no sé. Se abrió la puerta, ella dirigió su cuerpo hacia la salida acompañado por un ya arrugado vestido. Mi timidez me impidió llamarla por su nombre para intentar conseguir al menos un "no" por respuesta. Aquí mi subconsciente no me ayudó en nada, traidor él…

De repente, poco antes de cerrarse las puerta, cuando ya toda esperanza estaba perdida, ella se giró y volvió a clavar sus ojos en los míos y sin moverlos apenas, inclinó su cabeza y juntó sus labios como lo hace una niña cuando atrapa un dulce refresco a través de una de esas pajitas multicolores que dan en la heladería.

Aún tenía esperanza…

 

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.La realidad imaginada I.

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          Llevaba meses intentando encontrar inspiración para continuar escribiendo el libro; sobre mi destartalada mesa se agolpaban, en caótica sucesión, tantos borradores de aquél capítulo que hubiese ganado una fortuna sólo vendiéndolos al peso. Escribir sobre la belleza me resultaba complicado cuando uno no logra encontrarla tras los ojos de una mujer cargados de rimmel y vulgaridad. El impulso inicial de todo hombre pasa por convertir a la mujer en una representación moral de su propia madre. Al fin y al cabo las madres nos han alimentado entre sus pechos y nos han acunado entre sus muslos, y eso marca. El capítulo cuatro se resistía a emerger de las tinieblas de mi mente tanto como “Arizona” Baker se resistió a creer que su virtuosa esposa frecuentase el club “Crazy horse”, club barato de muy dudoso gusto y pésimos combinados dónde las chicas servían ataviadas sólo con un escueto sostén color carne… nada más.

 

          Sin embargo mi amigo Mike me animó a acudir a una rueda de prensa que una nueva modelo ofrecía en el hotel “Caesar” a cambio de nada. El nombre de la chica no lo había oído nunca, aunque yo llevaba mucho tiempo fuera de la realidad preocupado por acabar el libro, entregarlo a la editorial y poder comer por fin algo de proteínas.

         

          Llegué pronto al hotel para encontrar inspiración en esa misteriosa mujer que Mike me recomendó entrevistar con una frase misteriosa:

 

“…esa mujer es de las que te levantan el ánimo, paso inicial antes de levantarte otras ocultas cosas…”

 

          Tuve que sacrificar la hucha-cerdo que mi madre me regaló con todo su cariño y que yo, ufano, pretendía conservar con más cariño si cabe, para poder deleitarme con un buen café y olvidar por un momento el desgraciado invento del café americano.

 

          Terminé de saborear un denso ristretto full Etiopía con tanto carácter que cada sorbo se convertía en un derechazo digno de la mejor época de Joe Frazier. Dejé caer unas monedas en el reluciente platillo como pago del exquisito café que un exquisito camarero acompañó con una corta (afortunadamente) e inteligente frase:

“Señor, su café, disfrute, los buenos momentos escasean hoy en día. "

 

 

          El hall de prensa se encontraba más ocupado que el baño de señoras antes de la gala de entrega de los Oscars. Dos clanes tribales se repartían con forzada educación el breve espacio interior de la sala. En una esquina, señores orondos e hiperprostáticos de pelo tan engominado que una plaga bíblica de piojos hubiese desistido de su conquista. En la otra esquina, periodistas noveles más nerviosos que el amante de la novia invitado a la boda por el novio. Entre medias, a escondidas, pululaban admiradores disueltos entre clubs de adolescentes empedrados de granos y agrupaciones de lesbianas deseosas de recordar mejores cuerpos que los suyos.

 

          Esperaba encontrar otra linda chica, cubierta de maquillaje y demás pinturas de guerra, trazando imposibles curvas con sus imposibles tacones de aguja, lanzando frases sin sentido pero socialmente correctas, de esas que atrapan las mentes ávidas de pensar poco y tocar mucho. 

 

           Pero no, cuando uno ya cree haber adquirido experiencia con los años, aún encuentra sorpresas agradables.

 

           Ella apareció tras abrirse por arte de magia una insulsa puerta de aquél insulso hotel en aquélla insulsa ciudad sureña. Era una excepción en el proceloso mar de las bellezas locales, rubias teñidas hasta el alma con más parentesco genético con un calamar que con la dulce Venus de Botticelli. Entonces vinieron a mi mente las palabras llanas pero sabias que Maurizzio, el cocinero italiano de "Bella cosa far niente" me cantaba cuando traía a mi mesa su especialidad, la sublime pizza “San Genaro”:

 

“…una mujer es bella si al despertarse por la mañana lo sigue siendo…

…el resto son guapas, a secas.”

 

 

          El inicial deslumbramiento dio paso a creer que aún la humanidad podría salvarse de tanta y tanta mediocridad. Ella encaminó su latino cuerpo al ritmo imaginado por mi de una contenida salsa cubana. Sus hombros portaban, en perfecta sintonía con su silueta, un vestido “fifties fashion” estampado con pequeñas flores donde el color rojo era dominante y destacaba sobremanera sobre un virginal fondo blanco; una falda de amplio y alegre vuelo y una cintura ajustada (que no apretada) como los guantes de alpaca que, en los duros inviernos, Vito Genovesse gustaba enfundarse después de haber disparado su 357 sobre algún traidor "spaghetti".

 

          Su boca tornaba un cuarto creciente de Luna, sus dientes resplandecían como resplandecen los faros de un automóvil justo antes de pasar por encima de uno. Sus ojos, negros, intensos, tan profundos como los besos anestesiantes que decían las malas lenguas que Ava Gardner ofrecía como trofeo. Encaminó su torneado cuerpo hacia una mesa tan llena de micrófonos como de fieles el muro de las lamentaciones en hora punta.

 

          Caminando como sólo una mujer sabe hacer cuando se siente admirada, cuando se encuentra en paz con su cuerpo y en guerra con su mente, sabiéndose intocable e inalcanzable hasta que ella lo desee. Y todos los hombres de esa ya cálida estancia nos convertimos por mor de nuestra naturaleza en machos contenidos sólo por la decencia, y algunos hasta me pareció que babeaban sin darse cuenta mientras otros sufrían agitaciones mentales de dudoso gusto. Ella notó ese ataque directo de testosterona y pensó, por un instante, en retroceder hasta la escasa protección que le ofrecía su afeminado jefe de prensa. Pero comprendió que la retirada hubiese supuesto una revolución comparable a la de los soviets aunque menor que la de Mao y optó por continuar ofreciendo ya una sonrisa de luna llena que aplacó, acaso, los ánimos de la concurrida presencia masculina.

 

          Ya sentada, el solo hecho de atusarse el pelo volvió a provocar el caos; los engominados lanzaban miradas y los periodistas preguntas, unas brotaban de ojos atrapados en grasientos párpados alimentados por comilonas interminables, las otras brotaban de bocas deseosas de encontrar respuestas a interrogantes que a nadie interesa. El jefe de prensa puso orden, su afeminamiento engañaba más de lo que Spencer Tracy nos hizo creer negando su idilio con la adorable Katharine. Del desproporcionado cuerpecillo brotó, por su diminuta boca de diminutos y sonrosados labios, un trueno parecido al que debió emitir Moisés cuando, con un injustificado cabreo, rompió las tablas que su Dios le entregó con todo su cariño. Se hizo un silencio sólo rasgado por los anónimos disparos de las cámaras de fotos. Con su mesiánica voz impartió instrucciones para controlar los ánimos y poner orden en el improvisado patio de butacas ante aquél espléndido espectáculo de mujer.

 

          Yo asistía atónito, a un despliegue de sensualidad superior al que debió exhibir Eva para convencer a Adán de las bondades de aquélla manzana cuando ella sabía que a él le gustaban las peras….

 

          Y una tras otra, las preguntas dieron lugar a respuestas con sentido e imaginación, originalidad y ese “savoir faire” que ella nos iba descubriendo poco a poco, midiendo los tiempos y dominando los febriles pensamientos de los asistentes.

 

          Entonces llegó mi turno…

 

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